tocnaza

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Polvos Mágicos

Una de las dos grandes pasiones de mi vida es la Química. Siempre me atrajeron sus misterios, la forma en que los distintos elementos pueden utilizarse de mil maneras para lograr efectos sorprendentes. Fue precisamente gracias a la química que pude satisfacer la segunda de mis pasiones: Mi hermana. El como lo conseguí es lo que voy a contarles ahora.

Yo siempre había tenido ganas de tener relaciones con Marisol, mi hermana de veinte que apenas se fijaba en mí. Yo tenía en ese entonces diecisiete años y mi único talento desarrollado era la capacidad de inventar algunos compuestos químicos, que servían para diversas cosas: Como abrasivos, desgrasantes, etc. Había tratado de seducir a Marisol de muchas maneras: Haciéndome el galán, sacando músculos, escribiendo poemas, pero nada me había dado resultados: Ella sólo se reía de mí. Así que decidí que tendría que usar una estrategia más agresiva.

Dos semanas me demoré en afinar los detalles del plan. Primero tuve que conseguir algunos ingredientes para fabricar lo que sería mi máxima creación, a la que llamé mis "polvos mágicos"; después, convencer a mis padres de que salieran a comer afuera un sábado que yo sabía Marisol estaría en casa. Cuando por fin llegó el día, yo estaba listo para la acción. De hecho, estaba impaciente.

Luego de que mis padres se fueran y yo cerrara cuidadosamente el portón del garaje, corrí a mi habitación a esperar que mi hermana se diera su habitual duchazo de las doce. Marisol era una fanática de la higiene personal, por lo que acostumbraba ducharse hasta tres o cuatro veces al día si hacía calor. Por eso, yo estaba seguro de que en algún momento ella saldría de su pieza para ir al baño, dejándome libre para actuar por un buen rato. A medida que pasaban los minutos me iba poniendo cada vez más nervioso, por lo que tuve que echar mano a mis revistas para pasar el rato. Gracias a Dios, pronto escuché las pisadas de Marisol alejándose de su dormitorio, así que tomé la lata de spray que había preparado con anterioridad y mi cámara de fotos digital y me encaminé hacia la pieza de mi hermana, en el segundo piso de la casa. No estaba cerrada, así que entré sin dificultad.

Era una habitación muy bonita, acorde al temperamento de mi hermana. Las paredes estaban pintadas de un rosado suave y los muebles estaban bien cuidados y limpios. Me dirigí inmediatamente al armario donde Marisol guardaba su vestuario y busqué el cajón de la ropa interior. Había allí muchos sostenes, tangas y colaless, que fui tomando uno por uno para rociarlos con el spray que había traído. Grande fui mi sorpresa cuando descubrí, al fondo del cajón, varios juguetes de mi hermana, que me apresuré a esconder. De pronto, sentí ruidos que venían del baño, así que dejé mi cámara debajo de la cama y salí furtivamente, habiendo cumplido ya la primera parte de mi plan. Lo siguiente sería esperar.

Mientras mi hermana se entretenía en su pieza acicalándose y vistiéndose, yo preparaba el almuerzo y especialmente las bebidas. Cuando tuve todo listo, llamé a Marisol a almorzar. Como siempre, la muy creída se hizo esperar. Pero cuando llegó, tuve que sentarme de inmediato para que no se me notara la tremenda erección que había producido el verla.

Marisol, que era alta y pelirroja, levaba puesta una falda de mezclilla ultra corta y un peto rojo de gran escote, que destacaba su abundante busto. Ella apenas me dirigió la palabra mientras yo le servía la comida, y sólo lo hizo para preguntarme burlonamente porqué ese día no había ido a espiarla a la ducha. Yo me reí solamente, tratando de no mirar mucho sus largas piernas y esas tetas que tanto quería tener entre mis manos. Intenté concentrarme en el calendario que había en el comedor, al menos hasta que empecé a notar algunos cambios en la conducta de mi hermana.

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Al principio había estado sentada muy tranquila, pero gradualmente se había ido mostrando cada vez más inquieta. Se tocaba a menudo el pecho y cuando me agaché a recoger un tenedor que tiré a propósito al suelo, vi que sus piernas estaban ceñidamente cruzadas, moviéndose una arriba y abajo como acariciando la entrepierna. . Entonces supe que mi spray había funcionado y que era tiempo de apurar las cosas.

«¿Tienes sed?» le pregunté a Marisol, y ante su respuesta afirmativa, le ofrecí un vaso de jugo especial hecho por mí. Contenía un ligero desinhibidor y algo de estimulantes. Marisol se tomó el jugo de un solo trago y pronto noté que sus pupilas se dilataban. Por lo demás, ya había dejado de comer y parecía excitada. Ya no podía ocultar que una de sus manos había desaparecido debajo de la mesa y que la otra pellizcaba constantemente un pezón. Decidí entonces comenzar a jugar un poco con ella, antes de descubrir mis cartas.

«¿Qué te pasa, Mari? Te noto extraña» le dije. Ella me miró sorprendida, diciéndome que no se sentía bien, que tenía comezón en el cuerpo y que le picaba la garganta. «¿Desde cuando?» le pregunté. «Desde la ducha. Tal vez me dio alguna alergia o algo así». Marisol trató de incorporarse, pero sus piernas flaquearon y tuvo que apoyarse en la pared. Parecía confundida, pero no había perdido el control de la situación. Esto era vital para mi plan, porque mi intención no era dominar completamente a mi hermana (lo cual hubiera sido fácil con drogas), sino hacer que ella se me entregara voluntariamente. Para lograr esto, tendría que usar buenos argumentos.

«Yo sé lo que te pasa, hermanita» le dije, poniéndome de pie también. «Lo que pasa es que te hace falta un hombre que te parta los hoyos y te los llene de semen». Marisol pareció asustada por esas palabras. «¿Qué quieres decir?» me preguntó.

«Lo que escuchaste. Hoy día, mientras te duchabas, le eché unos polvos especiales a tu ropa interior, unos polvos que están diseñados para provocar una gran excitación sexual al entrar en contacto con la piel. Y lo mejor es que sus efectos pueden durar muchas horas, incluso días. Por eso es que ahora apenas puedes contenerte de masturbarte frente a mí»

Marisol me miró con ojos furiosos, pero no pudo negar mis palabras, porque tenía incluso ya abiertos los botones de su falda y se acariciaba la concha por dentro casi sin pudor. «Maldito pendejo» me espetó con rabia. «Ni creas que te vas a salir con la tuya. Ahora mismo voy a lavarme y a quitarme estas ganas de… bueno, no te importa, y después me voy a encargar de ti»

«No creo que puedas aliviarte sola, hermanita. Los químicos ya ingresaron a tu organismo, así que no los puedes limpiar. Y por cierto, escondí todos los juguetes que guardabas en el cajón de tu ropa, así que tampoco puedes contar con el señor dildo para sacarte la calentura»

Marisol se acercó a mí tan rápido como pudo y agarrándome de los hombros me pidió casi llorando que le diera el antídoto. La verdad es que me sorprendió su cambio brusco de actitud y estuve a punto de ceder. Pero logré aguantar firme en mi resolución y le dije que no podía ayudarla. El único remedio eficaz que yo podía brindarle contra el escozor era mi semen.

Mientras decía aquello, me había abierto la bragueta del pantalón, sacando mi gran miembro erecto para que los viera mi hermana. Ella lo miró expectante, pero ni se atrevió a palparlo, a pesar de que se notaba que quería hacerlo. «¿Y bien?» le pregunté. «¿Quieres que te ayude a aliviarte o prefieres quedarte así y esperar a que papá te vea convertida en una puta?». Marisol no me respondió, pero indecisamente me tomó de la mano y finalmente me llevó a su habitación. Allí, cerró las cortinas y se sentó a esperarme. Yo me saqué la camisa, el pantalón y el resto de la ropa, tendiéndome desnudo en su cama, con la verga extendida y lista para usarse. Pero primero quise saborear un poco mi victoria. Le dije a Marisol que bailara sensualmente para mí.

Ella quiso resistirse al principio, pero luego comenzó a moverse como una profesional. Se puso de espaldas a mí y se soltó el cabello cobrizo, que llevaba atado en una cola. Luego empezó a sacarse la falda, lentamente, hasta dejar al descubierto su culo apenas protegido por un colaless negro, y todo mientras movía las caderas acompasadamente hacia adelante y hacia atrás. Después fue el turno del peto, y más tarde del sostén. Entonces Marisol se volvió hacia mí de nuevo, dejándome ver sus enormes tetas balanceándose y chocando entre sí. En ese momento no aguanté más, y abalanzándome sobre ella, la tiré sobre la cama salvajemente, sacando a tirones el colaless. Quedó ante mí una concha simétrica y depilada, lista para ser ocupada. Para allanar el camino a mi verga deseosa, inserté mi dedo índice en su vagina, hallándome con la sorpresa de que ésta estaba completamente lubricada. Así que, sin siquiera pedir permiso, cumplí por fin la fantasía que había acariciado durante años y penetré frontalmente a mi hermana, introduciendo mi verga en su interior de un solo golpe.

Marisol acusó recibo de mi brusca acción, pero pareció no importarle, porque sus labios inmediatamente buscaron contacto con los míos, y su lengua se introdujo en mi boca sin pudor. Mientras tanto, mis manos recorrían su cuerpo, acariciándolo, descubriendo sus secretos. Los pezones duros de Marisol rozaban mi pecho, mientras mis testículos chocaban contra su perineo con cada nuevo embate de mi parte. Maniobrando a duras penas, logré colocarme justo debajo de mi hermana, para que ella hiciera el trabajo de moverse y procurarme placer (aunque ella no estaba sufriendo precisamente). Por fin pude agarrar sus tetas con mis manos callosas de tanto pensar en ellas, y estrujarlas y lamerlas mientras Marisol jadeaba y aceleraba el ritmo. «Voy a terminar pronto» debí decirle entonces a mi hermana, porque verdaderamente ya no podía aguantar más y sentía que litros de esperma pujaban por salir de mí. «Hazlo rápido, que también te necesito en otros lados» me dijo Marisol, y esa fue mi señal de fuego: Un chorro caliente salió de mi miembro hacia el interior de mi hermana, en tal cantidad que escurrió hacia fuera, manchando mi propio vello púbico. Cuando saqué mi verga de mi hermana, ésta inmediatamente se inclinó para lamer esos remanentes de semen que habían caído sobre mí. Entonces recordé: El jugo también había contenido un poco de polvos mágicos, por lo que seguramente Marisol estaba desesperada por la picazón en la garganta. Como era, después de todo, un buen hermano, no quise que ella siguiera sufriendo, así que en pocos instantes estuve listo nuevamente para que me ordeñara mi golosa y angustiada hermana.

Cuando mi segunda erección estuvo firme, sin pensarlo dos veces Marisol se abalanzó sobre ella, metiendo en su boca todo mi miembro de una sola vez. Se notaba que tenía experiencia en el tema: Sabía estimular las partes más sensibles, como el frenillo y los bordes del glande, con maestría, usando toda la lengua. Mientras ella buscaba llenar su garganta de mi blanco néctar, yo le correspondía el favor lamiendo y estimulando su vulva y su clítoris, pequeño y escondido. Al principio no tuve muy buenos resultados, pero cuando menos lo esperaba, un ligero toque al montículo fibroso provocó una oleada de placer en mi hermana, cuya espalda llegó a arquearse por las contracciones tan súbitas que, cada vez más fuertes, nacían de su pubis, recorriéndola entera. Fue así que su primer orgasmo coincidió casi con el segundo mío: La felación que me había practicado mi hermana había dado sus frutos, y un nuevo chorro de semen, tan potente como el anterior, ingresó en su boca. Marisol se lo tragó todo, repasando cada sector de mi pene para no desperdiciar nada del blanco fluido. Y mientras ella terminaba el trabajo, yo intentaba recuperar mis fuerzas: Aunque mi encuentro con Marisol no había sido tan extenso como yo lo había imaginado, sí había sido muy intenso. Por ello, estaba yo todo sudado, al igual que mi hermana, que de una señorita renuente había pasado a portarse como una hembra insaciable. No contenta con tragarse toda mi leche, ahora trataba de provocarme una tercera erección, apretando y manipulando si pene con sus dos grandes tetas. «Déjame descansar un poco, Mari» le dije a mi hermana, pero ella no me hizo caso. Parecía haber perdido la cordura.

Así las cosas, de pronto comencé a sentir algunos remordimientos por lo que había hecho. Pensé que cuando a Marisol se le pasasen los efectos de los polvos mágicos, el recuerdo de nuestro encuentro la incitaría a hacerme la vida imposible. Conocía a mi hermana y sabía que era una mujer vengativa. Así que aprovechando un breve receso que me brindó Marisol (ella se estaba masturbando enloquecidamente, pues al parecer era multiorgásmica), saqué la cámara fotográfica que había escondido antes y comencé a sacarle fotos tal cual estaba: Completamente desnuda, con el pelo revuelto, transpirada y con aspecto de drogada, sin contar con los hilillos blancos y viscosos que manaban de su boca y concha. Le saqué así unas treinta fotos y ella apenas se percató, tan concentrada estaba en lo que hacía. La idea de tener algo con lo cual chantajear a Marisol me generó una gran excitación. Por lo que q los pocos minutos ya tenía mi verga erecta nuevamente para el último round con mi hermana, quisiera ésta o no.

Ante su sorpresa, volví a colocarme encima suyo, interrumpiendo la labor de sus dedos dentro de su concha húmeda. «Ahora vamos a terminar con el último hoyo, Mari» le dije no sin cierta malignidad., y ella abrió grandes sus ojos. «No, por favor, ya lo intenté una vez y no me gustó» fue la respuesta de ella, pero ni me importó. «Date vuelta, perra» le advertí con inusitada violencia, mientras ella obedecía, todavía demasiado inquieta y vulnerable como para resistirse. Ante mis requerimientos, levantó el magnífico culo que tenía y me permitió meter uno y dos dedos ensalivados dentro de su recto, para facilitar un poco las cosas. Luego, me coloqué en posición: La punta de mi glande directamente sobre su esfínter semi dilatado. Tomé impulso y se lo metí a medias. Marisol llegó a gemir de dolor, pero yo le dije que mordiera una almohada o algo así, no fuera a ser que nos escucharan los vecinos. Dos, tres golpes más fueron necesarios para que mi verga entrara entera en aquel culo estrecho y virgen. Aunque sabía que lo que hacía estaba mal, no pude contenerme y seguí metiendo y sacando mi miembro, durísimo por la excitación de estar rompiendo los más grandes tabúes de nuestra sociedad. Así, tan concentrado estaba que apenas escuché el sonido terrible del portón abriéndose, del auto de mis padres entrando en reversa, de sus voces llamándonos. Algo había salido mal, mis padres habían llegado a casa demasiado temprano y pronto subirían por la escalera para ver es don de estábamos Marisol y yo.

Ni siquiera pensé en detenerme. Peor: Aumenté el ritmo de mis penetraciones, estrujé con fuerza los pechos de mi hermana mientras ésta gemía y lloraba, nunca supe si de placer o de dolor. Sentí los pasos de mis padres cada vez mas cerca, a metros de la puerta que los separaba de mi supuesta depravación. Y aún así no me detuve. Segundos antes de que mi madre tocara el pomo de la puerta, estallé: De un solo golpe eyaculé lo que creí eran litros de esperma caliente en el culo de mi hermana. Ésta se desmayó después de aquello, y yo me vi enfrentado a la mirada atónita de mis padres, que confiadamente habían subido creyendo que encontrarían una linda escena familiar y no a su hijo menor empalando sin misericordia a su hermana mayor., inconsciente y manando secreciones propias y ajenas de sus principales orificios.

Bueno, ése fue el fin de mi carrera como químico, y por cierto, como miembro de esa familia. Mis padres, indignados, me internaron en un centro de rehabilitación para jóvenes delincuentes, donde tuve, por primera vez, la oportunidad de contar mi experiencia a alguien que tal vez pueda comprenderme, la siquiatra del centro. Ella me ha dicho que sería bueno alejarme "por un tiempo" tanto de la química como de las chicas en general. Yo asentí en silencio, no tanto por mi resignación a perder, quizás durante años, la posibilidad de dedicarme a mis dos grandes pasiones, sino más bien por la visión de las hermosas piernas de la doctora, que cada cierto tiempo se abrían deliciosamente. ¿Y qué pasó con Marisol? Después de que se le pasaron los efectos de mis creaciones (que por cierto desaparecieron misteriosamente, según me enteré) maldijo mi nombre y decidió irse por algunos meses de la casa… a otra ciudad. Lo que no había desaparecido, para desgracia de Marisol, era el archivo con las fotos digitales que yo había tomado durante nuestro encuentro; archivo que seguramente algún policía pervertido filtró a Internet. Así que ella no pudo aguantar la humillación de que todos sus compañeros de universidad la vieran masturbándose en su cama, y se marchó. Lo lamento por ella, sinceramente. Si hubiese sabido que con los dichosos polvos mágicos arruinaría su vida y la mía, tal vez nunca los hubiese creado.

Pero sólo tal vez.

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